REVIEW

El Prodigio (2022)

The Wonder

Crítica El Prodigio Netflix

Crítica El Prodigio

El Desierto de lo Real

3.5/5

The Wonder: El Desierto de lo Realo fue una guerra, sino otra clase de muerte: una más silenciosa, más lenta, más desesperante. Eran padres, hermanos, amigos, novios, vecinos. Cuando un millón de personas muere en un país de 8 millones, no queda nadie sin ser tocado por la tragedia. La Ilustración, la ciencia y el alimento eran los lujos de las ciudades, no del campo habitado por aquellos pobres que murieron por la Gran Hambruna de Irlanda de la década de 1840, cuando una plaga eliminó las cosechas de su alimento base, la papa. 

The Wonder (El Prodigio) pone en escena la atmósfera supersticiosa instalada en la católica Irlanda después de ese genocidio, y gira en torno a la comida cuando deja de ser puro instinto de supervivencia y pasa a ser parte de algún plan divino. Es la continuación de la Hambruna por otros medios. La película del director chileno Sebastián Lelio corre los límites de la fe para hacer un retrato desesperado sobre cómo la realidad está diseñada por nuestras creencias, para mostrarnos que entre el milagro, el suicidio asistido y la estafa cínica sólo hay una diferencia de puntos de vista.

Estamos en 1862. Elizabeth “Lib” Wright (Florence Pugh) es una enfermera inglesa contratada por un pueblo de la región central de Irlanda para observar a Anna O’Donnell (Kíla Lord Cassidy), una saludable niña de 11 años que no ha comido nada durante cuatro meses. Los padres de Anna dicen que es la voluntad de Dios y la noticia de esta maravilla empieza a correr por todo el Reino Unido, con turistas de la fe que llegan a diario para ver a la niña que vive del “maná del cielo”. 

Se ha establecido un comité de notables, incluido el imponente padre Thaddeus (Ciarán Hinds) y el Dr. McBrearty (Toby Jones), de mentalidad pseudocientífica, para verificar o desacreditar la historia de intervención divina.

Crítica El Prodigio
Florence Pugh y Kíla Lord Cassidy. Foto: Aidan Monaghan/Netflix © 2022.
Crítica El Prodigio
Florence Pugh y Kíla Lord Cassidy. Foto: Aidan Monaghan/Netflix © 2022.

Un creyente no necesita pruebas: todo es una manifestación de Dios, que el ser humano no es digno de comprender; para un agnóstico, toda prueba es insuficiente. El trabajo de Lib es simplemente mirar: pasar dos semanas -alternando turnos de ocho horas con una monja (Josie Walker)- y evaluar si Anna está siendo alimentada en secreto. Ninguno de los observadores puede intervenir, algo que va totalmente en contra de los instintos de Lib, tanto personales como profesionales. Ella también está cuidando en silencio su propio dolor, automedicándose a través de noches de angustia personal.

El Prodigio es una historia de fantasmas, en la que Dios es una presencia inquietante en un pueblo gótico necesitado de alguna explicación; es un western sin armas, en el que la rigidez moral de la fe y el escepticismo se desafían constantemente y en el que la creencia determina lo que es verdadero y lo que no. Entre la razón y la superstición, se destaca un enfoque alternativo hecho de pragmatismo, madurez y comprensión, lejos de cualquier forma de fanatismo. 

La narración está enmarcada entre dos marcas enunciativas del director: la película comienza en un estudio de filmación y una voz en off anuncia que estamos por ver una ficción, que “no somos nada sin historias”. Es una manera de atraer la atención de la audiencia hacia su propio deseo de creer en los relatos que ve mientras suspende voluntariamente la incredulidad. Es una técnica que usó el cine moderno -sobre todo Jean-Luc Godard, cuya radicalidad se ve en Dogville de Lars Von Trier- adaptando la teoría del distanciamiento que Bertold Brecht implementaba en el teatro.

Es una técnica que rompe la ilusión cinematográfica y nos recuerda a lo largo de la película que estamos viendo una mentira. Pero Lelio parece tener miedo de llevar la dirección hacia el terreno de la experimentación, y hace un relato sobrio y oscuro, con un trabajo magnífico con la iluminación de Ari Wegner, con planos que se mueven entre la luz y la sombra, como si la realidad nunca pudiera ser vista en su totalidad. Florence Pugh le inyecta a Lib la presencia intranquila de un personaje atrapado entre sus convicciones, el respeto a las de los demás y su condición de mujer extranjera en un territorio que no comprende pero que no puede cambiar. 

El Prodigio habla sobre el punto de encuentro equidistante de todos los extremismos y choques ideológicos; sobre la posverdad y su relación con la realidad de cada persona. Ya sea el miedo culpable del fuego del purgatorio o la proposiciones racionales que explican cada cosa, la narrativa de cada individuo implica un acto de fe: bienvenidos al desierto de lo real.

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