REVIEW

Avatar 2: El Camino del Agua (2022)

Avatar: The Way of Water

Crítica Avatar 2: El Camino del Agua 2022

Crítica Avatar 2: El Camino del Agua

Naturaleza Sangre

3.5/5

Avatar: El Camino del Agua: Naturaleza Sangrevatar: The Way of Water (Avatar: El Camino del Agua) tiene menos que ver con el cine que con la Historia del Arte: es una especie de Capilla Sixtina del siglo XXI. Miguel Ángel pintó las fantasías lisérgicas del Vaticano y James Cameron las de la cultura matriarcal new age ecologista. Dos orgasmos visuales que elevan la belleza a su condición de obra de arte. Y allí donde el italiano escondió entre sus imágenes una crítica a la superstición cristiana, el director cuestiona el sistema capitalista del que forma parte Hollywood. Miguel Ángel fue subversivo, Cameron cae en su propia paradoja.

La secuela de Avatar de 2009 (la película más taquillera de la historia) mantiene al mismo protagonista -que es, en definitiva, el planeta Pandora- pero cambia de locación: la selva y las montañas colgantes dejan su lugar al océano y a las arenas de un paraíso hecho playa, cuando después de muchos años ‘la gente del cielo’ regresa al hogar de los Na’vi. 

La Tierra se ha vuelto inhabitable, y el ejército tiene la misión de conquistar Pandora en nombre de la humanidad. La fuerzas de ocupación están al mando de una versión Na’vi del coronel Miles Quaritch (Stephen Lang), que lidera un platel de avatars de soldados entrenados, que ahora no solo tienen el tamaño y la agilidad de los Na’vis, sino que su camuflaje permite la conexión espiritual con el planeta. 

El cambio de entorno responde a una de las preguntas que recorre el cine de Cameron (Avatar 2 está llena de referencias a Terminator, Titanic y Aliens) ¿pelear contra el enemigo o esconderse para proteger a la familia? Es la decisión que tuvo que tomar Sarah Connors y que ahora debe tomar Jake Sully (Sam Worthington), que después de la ceremonia transexistencial de la primera entrega es un Na’vi permanente, se transformó en líder del clan y está casado con Neytiri (Zoe Saldana), con la que tuvo una prole numerosa.

Avatar 2: El Camino del Agua 2022
Avatar: El Camino del Agua (2022). Foto cortesía de Disney.
Crítica Avatar 2: El Camino del Agua 2022
Avatar: El Camino del Agua (2022). Foto cortesía de Disney.

No queda claro por qué Sully se sabe la presa de Quaritch -y menos por qué Quaritch, que hace de la obediencia debida un estilo de vida, se enfoca el jefe de los Na’vi cuando su tarea es colonizar la tierra de un pueblo guerrero por naturaleza-, pero el líder primitivo deja a su gente, a la selva y sus lugares sagrados para dirigirse junto a su familia a una región de islas con la esperanza de no ser encontrado por su perseguidor. Son recibidos en el clan Metkayina -dirigido por Tonowari (Cliff Curtis) y su esposa Ronal (Kate Winslet)-, una comunidad conectada al océano y sus habitantes. 

Cameron pone en escena un choque cultural, que toma forma entre los adolescentes de las dos familias y en el que se mezcla la curiosidad y la subestimación hacia el extranjero, que debe adaptarse a lo desconocido. Avatar 2 es en parte una coming of age sobre la asimilación de una cultura nueva, sobre el rechazo al diferente que termina en el enriquecimiento personal a través del conocimiento y la aceptación del Otro.

La película es narcisista y su primera parte se dedica a un exhibicionismo porno del entorno, en el que la primacía física de los lugares crea una textura que magnifica y personifica el espacio. No somos espectadores de Avatar 2, somos turistas de lo exótico y lo fantástico, pasajeros en tránsito por el mundo psicodélico de Cameron. El director logra hacer de su película una experiencia inmersiva total que suspende la incredulidad de la imaginación y la cambia por el asombro perpetuo ante el espectáculo que propone.

Avatar 2: El Camino del Agua reseña
Avatar: El Camino del Agua (2022). Foto cortesía de Disney.
Crítica Avatar 2
Avatar: El Camino del Agua (2022). Foto cortesía de Disney.

Es curioso que las dos películas más populares de 2022 -y Avatar 2 lo será- sean tan perfectamente antagonistas: si Top Gun: Maverick tiene un discurso militarista y patriótico, en el que el ejército de Estados Unidos es una fábrica de héroes que protege el mundo de las amenazas que pueden destruirlo, la visión utópica de Cameron se basa en una implacable repudio de la historia y del presente del país. Los ‘hombres del cielo’ no solo son herederos de los colonos que invadieron el nuevo mundo, sino que están explícitamente asociados con las experiencias traumáticas de las guerras de Vietnam e Irak.

Lo que ambos largometrajes comparten son sus ambiciones estéticas y materiales, con la taquilla asegurada por una poca sofisticación narrativa que recurre a una historia sin relieve, accesible para todos, que busca la identificación fácil, el discurso plano y las dosis necesarias de sentimentalismo marca Hollywood. El relato es rehén de las imágenes, como si fuera un mal necesario para el despliegue técnico del espectáculo cinematográfico. 

Es admirable la fe que tiene Cameron de que el cine puede cambiar el mundo. Pero su problema es que hace una película nostálgica que anhela un estado de la naturaleza que dejó de existir hace mucho tiempo. La pseudooposición entre un organicismo primitivo y una tecnología depredadora clausura cualquier solución de incorporar los avances científicos a un ecosistema sustentable. Lo que queda es sólo una lección moral, involuntariamente irónica: el rechazo de la tecnología que posibilita hacer una película así. Avatar se presenta como una crítica del sistema que encarna.

El Camino del Agua no deja de ser una maravilla estética, un vocabulario de ideas, imágenes y ritmos que deja al espectador en el estado flotante de un sueño de opio digital. Es Arte por el Arte: resplandece en la retina, pero deja pocas marcas en la memoria.

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