CINE

Afroamericanos en el Cine (1903-1970)

Afroamericanos en el Cine: El Discurso del Amo
The Birth of a Nation, 1915.
Afroamericanos en el Cine
The Birth of a Nation, 1915

EL DISCURSO DEL AMO

En sus comienzos, el cine buscó en la cultura popular los temas para sus historias. Allí encontró todo un inventario de imágenes distorsionadas sobre la cultura negra que servían de ansiolítico moral para las masas, que podían disfrazar sus miedos y justificar el trauma reciente de la esclavización. En los 50's algunos directores comenzaron a cuestionar el inconsciente colectivo de una sociedad que las películas habían ayudado a definir. La historia de los afroamericanos en el cine es una historia de estereotipos, fobias y otras perversiones.

Afroamericanos en el Cine: El Discurso del Amoos hombres negros juegan a los dados en el suelo. A su alrededor los chicos bailan con swing. Están por ser vendidos en una subasta de esclavos, pero para el imaginario social eso eran los afroamericanos: personas incapaces de controlarse. Es una escena de Uncle Tom´s Cabin (La Cabaña del Tío Tom, Edwin S. Porter, 1903), una muestra del catálogo de estereotipos que para 1910 el cine había completado y que predominarán la cultura norteamericana hasta los años 50’s, con resonancias en el presente: pobres, ladrones, comedores compulsivos de sandías, ignorantes, inferiores, máquinas sexuales en busca de alguna ninfa blanca virginal.  

Cuando David W. Griffith terminó The Birth of a Nation (El Nacimiento de una Nación, 1915), sabía que estaba haciendo de ese entretenimiento barato para las clases populares una forma de arte. Había descubierto que lo que hacía la cámara era más importante que lo que hacían los actores. Que se podían contar historias a través de la edición: que por medio de la combinación de planos se lograba dar un sentido dramático a las imágenes. Que había un público dispuesto a ver y entender una narración larga y compleja de casi tres horas que era una síntesis de técnicas ya utilizadas, pero llevadas a otro nivel: había inventado el lenguaje cinematográfico. The Birth of a Nation es la película más influyente de la historia. Fue la primera superproducción del cine. Fue el primer blockbuster de la industria. Y era asquerosamente racista.

Era porno para las masas de supremacistas blancos: negros perversos estúpidos sucios violadores borrachos asesinos. La película reflejaba el clima social que se vivía en un país segregado, sin una identidad definida, que no sabía bien qué hacer con los traumas de su pasado esclavista, con su síntoma más visible: la comunidad negra. 

Basada en The Clansman, el best seller de 1905 del pastor Thomas Dixon -que fue también un éxito de Broadway-, narra la guerra de Secesión (1861-1865) y la reconstrucción del sur luego de la derrota y la abolición de la esclavitud. Comienza con un intertítulo aleccionador: “Los trajeron de África a América y plantaron la primera semilla de la desunión”. The Birth.. es una épica monumental que mezcla batallas y escenas íntimas llenas de emoción y miedo ante el salvajismo importado de los negros liberados. La película presenta a los primeros superhéroes encapuchados del cine: el Ku Klux Klan. Una celebración de la cruzada blanca para salvar al país a fuerza de superioridad racial, cruces quemadas y linchamientos.

El cine -y el arte en general- estructuran la realidad de manera simbólica y, sobre todo, política. The Birth of a Nation demostró su poder como herramienta de propaganda, que el miedo es la mano de obra de la ignorancia: el KKK se había disuelto en 1871, pero para mediados de la década del ’20 contaba con 4 millones de miembros. Nunca había tenido tantos. Ni volvería a tenerlos después.

La película solidificó y amplificó los estereotipos más estigmatizantes de los afroamericanos. No sólo eso: hizo rentable la usura de esas imágenes distorsionadas de la realidad. Las protestas masivas de la comunidad negra en distintas ciudades del país para prohibir su proyección marcaron el nacimiento del movimiento por los derechos civiles. Los intensos debates en los diarios hicieron de la crítica cinematográfica una sección regular de los tabloides. Todo eso, sumado a la primera campaña de prensa sofisticada para un film, hicieron de The Birth… una de las películas más taquilleras de la historia, a pesar de que no todos podían verla: no se vendían entradas a los negros.

Hasta el estreno de The Exorcist (El Exorcista, William Friedkin, 1973), continuaba al tope de la lista con 51.400.000 dólares de recaudación, seguida por Gone with the Wind (Lo que el Viento se Llevó, Victor Fleming, 1939), uno de los melodramas más grandes de la historia, otra película sobre la guerra civil y sus secuelas, basada en otra novela sudista y racista -de Margaret Mitchell – mostrada desde el punto de vista de los derrotados, y que presenta uno de los estereotipos preferidos del Hollywood clásico: el esclavo feliz. Gone… es el manifiesto del negro ideal para el sur blanco: sumisos, leales, idiotas o maternales con sus dueños. Este estereotipo, descendiente del Tío Tom -y su versión femenina Mummy-, defendían, e incluso celebraban la esclavitud.  

Era raro: la novela original Uncle´s Tom Cabin (La Cabaña del Tío Tom, 1852) tenía un fuerte mensaje antiesclavista, pero sus adaptaciones invertían la carga ideológica para que sea asimilable por la mayoría. Se transformó en un género en sí mismo: el Tom’s Show. Primero el teatro Minstrel -y luego el cine- hicieron de ese personaje algo más que un perro y algo menos que un ser humano, totalmente adaptado a su realidad, imposibilitado de pensar una alternativa a la crueldad del ecosistema de las plantaciones. Fue la primera película en la que aparecía un negro, pero no tanto: en Unclés Tom Cabin (Edwin S. Porter, 1903) Tom era un blanco con la cara maquillada. Los actores afroamericanos que aparecen en el corto fueron extras. 

Otras versiones – de Siegmund Lubin, 1903, J. Stuart Blackton, 1910 (la primera película que utilizó tres rollos de film), Barry O´Neil, 1910, Otis Turner, 1913, Sidney Olcott, 1913, William Daly, 1914, J. Searle Dawley, 1917, Harry A. Pollard, 1927 (en la que Tom se convierte después de su muerte en un ángel exterminador que asesina al dueño de la plantación. Al estudio le pareció demasiado y eliminaron esas escenas del corte final.) – ayudaron a definir y perpetuar el estereotipo de Tom, conforme con el lugar que Dios le dio en el mundo, la encarnación del discurso del amo.

Uno de los personajes de Gone with the Wind recuerda con nostalgia la vida antes de la guerra: “Hemos recorrido un largo camino desde entonces: los días perezosos, el atardecer cálido del campo, la risa suave y sonora de los negros”. Hollywood no mostraba látigos, abusos o crueldad, sino una relación casi familiar entre los dueños y los esclavos domésticos. Los que trabajaban en la plantación eran parte del paisaje o cantantes amateurs de un gospel colectivo. Cuando son liberados quedan indefensos, se vuelven parias y no logran adaptarse a su libertad.

Hubo que esperar décadas para que se viera en pantalla la brutalidad de la explotación. Spartacus (Espartaco, Stanley Kubrick, 1961) fue un intento velado -en una década que comenzaba a agitarse políticamente y el movimiento por los derechos civiles cobraba fuerza- que retrataba a lo Hollywood la revolución de esclavos en la Roma antigua, liderada por el muy caucásico Kirk Douglas; la italiana Queimada (Gillo Pontecorvo, 1969), un manifiesto anticolonialista, pone a otro blanco -Marlon Brando- a liderar la revuelta negra en una isla imaginaria del Caribe. Dos películas iniciáticas, que tienen una continuidad menos ambigua y más autoconsciente en el neorrealismo de saturación de 12 Years of Slavery (12 Años de Esclavitud, Steve McQueen, 2012) y Django Unchained (Django Desencadenado, Quentin Tarantino, 2013). 

Por el papel de matrona en Gone with the Wind, – la típica mummy de carácter fuerte, de una ignorancia tierna, buena con los hijos ajenos, obesa para no competir con su dueña ni tentar a su dueño – Hattie Mc Daniel fue la primera afroamericana en ganar un Oscar como actriz de reparto. Esa noche era la única negra en el auditorio. El estudio le había escrito un discurso en caso de que ganara, pero ella avanzó desde su asiento segregado, y entre lágrimas improvisó un agradecimiento. Tenía un simple pedido: “que se les dé más crédito a los de mi raza en la industria cinematográfica”.

Afroamericanos en el Cine: El Discurso del Amo
Vivien Leigh y Hattie McDaniel (Gone with the Wind, 1939)
Afroamericanos en el Cine: El Discurso del Amo
Vivien Leigh y Hattie Mc Danield, Gone with the Wind, 1939.

El cine sonoro comenzó con una mediocre película sobre la tradición y la identidad que incluía una parodia a los negros en The Jazz Singer (El cantante de Jazz, 1927), en la que un chico judío se pinta la cara para triunfar en el mundo del espectáculo -el blackface era una práctica común desde el siglo XIX en el teatro de variedades Minstrel. Un fenómeno cultural que fue retratado por Spike Lee en Bamboozled (2000)-. Pero alcanza cierto nivel cinematográfico con otro musical: Hallelujah!, (Aleluya, King Vidor, 1929), la primera película que contó con un elenco conformado íntegramente por afroamericanos.

Vidor era uno de los grandes directores del cine social del cine mudo. Sensible a los conflictos de la época y a la deshumanización que provocan la guerra y las grandes ciudades (The Big Parade, 1925, The Crowd, 1927), intentó salir de los estereotipos de los negros predominantes en el cine, pero terminó siendo una muestra de los límites del progresismo que Hollywood toleraba. Hallelujah trata de captar la esencia de los afroamericanos a través de su música y su baile, pero es un retrato superficial lleno de personajes ignorantes, alegres y libidinosos. Aunque la película procedía en su concepción de la avalancha del cine musical de los primeros años del sonoro, superaba al resto por su extraordinaria calidad estética y por sus hallazgos en la utilización del nuevo medio. El mundo de Hallelujah! es un mundo en el que no existen blancos, ni barreras ni conflictos raciales, estilizado hasta la falsedad, para crear un soberbio espectáculo sobre el folclore negro del sur de los Estados Unidos.

Hollywood siempre inventó un Estados Unidos a la altura de su narcisismo como nación: un país sin conflictos, aséptico, tranquilizador, que incluía fenómeno extraño: la esclavitud sin esclavos. Formalmente revolucionaria e ideológicamente conservadora, la producción de los estudios Disney ha enseñado a desear a generaciones enteras de espectadores. El mito del sueño americano en dibujos a 24 fotogramas por segundo. Song of the South (Canción del Sur, 1946) muestra a las plantaciones de algodón de principios del siglo XIX como una especie de paraíso interracial lleno de armonía, paz y canciones. Negros vigorosos y alegres para los que trabajar ahí es un hobbie divertido. El estudio la sacó de circulación hace 40 años y trató de olvidar que alguna vez la hizo. No la busquen en Disney +.

Los actores negros eran frecuentemente utilizados en papeles secundarios como contrapunto cómico del protagonista. Sirvientes, barberos, peones de granja, mayordomos, músicos, eran usados como un decorado pintoresco que hacía resaltar el ingenio blanco. Lincoln Perry personificó a lo largo de decenas de películas otro estereotipo común: el negro lento, descoordinado e indolente: el coon. Tenía su tarjeta de presentación: “el hombre más vago del mundo”. Su popularidad le valdría a Perry la distinción de ser el primer actor afroamericano en ganar un millón de dólares. Pero eventualmente se alejaría de la actuación, frustrado por no poder obtener una facturación y un pago iguales que sus compañeros de reparto blancos. Algunos han argumentado que su personaje, Stepin Fetchit, era una figura astuta y tramposa que subvertía sutilmente el poder blanco en sus películas, pero en realidad era la postal más clara de lo que un actor negro tenía que hacer para ganarse un lugar en la industria: humillarse para dar la imagen social con la que Estados Unidos quería percibir a esa minoría.

El más perdurable de los estereotipos, el que parece que nunca ha desaparecido por completo, es el afroamericano como hipermasculino y peligroso. En la era clásica son mostrados como violentos, impredecibles y abiertamente sexualizados. Una proyección apenas velada del miedo blanco, una conciencia de su propia vulnerabilidad. The Birth of a Nation dio la imagen más perdurable de esta incontención corporal: una virgen blanca tirándose a un acantilado para evitar que la viole un negro que desborda de libido. El suicido épico triple K.

La II Guerra Mundial no convenció a todos de que la superioridad racial era una mala idea (entre 1945 y 1950 se registraron 13 linchamientos en los estados del sur), pero comenzó a mostrar las fisuras de un cine conformista, acrítico, que no se cuestionaba a sí mismo ni a la sociedad. Muchos afroamericanos habían muerto en los campos de batalla por un país que los discriminaba y segregaba. La ecuación era vergonzosa de tan obvia: a la igualdad de deberes corresponde una igualdad de derechos. Con la I Guerra Mundial la cosa no había funcionado: muchos afroamericanos habían peleado, matado y muerto, pero las fotos que distribuyó la prensa era de negros cavando trincheras, pelando papas, sirviendo la comida. Los héroes siempre eran los blancos.

A partir de la década del ‘50 comienzan a haber películas que muestran el lado B de un país dividido, desigual, en el que todavía muchos ven a los afroamericanos como un ejemplar medio fallido, impredecible y una amenaza a los valores de la clase media blanca. Una nueva generación de actores presentó a personajes negros menos unidimensionales, más humanizados. Sidney Poitier es la figura indiscutida del Hollywood de la post guerra. Los estereotipos del tío Tom, la mummy y el coon no desaparecieron, pero estaban en baja.

No Way Out (El Odio es Ciego, 1950) fue una terapia de shock para el cine norteamericano. Por primera vez presentaba un contrapunto al racismo en el personaje de un médico (Poitier) que soporta la sospecha, los insultos y la violencia de su paciente: un delincuente herido que había sido apresado junto a su hermano luego de un intento de robo fallido. La película es una puesta en escena del clima racial que se vivía en el seno de una ciudad, pero lo restringe a la postura de la withe trash: blancos pobres de los suburbios, hombres marginales que traducen su resentimiento en odio, como si intentaran recuperar a la fuerza el único lujo que poseían: el mito de ser superiores a otros.

Poitier es presentado como un modelo ético, ajeno a la violencia, un joven curtido en la discriminación y la pobreza que se ganó su lugar en la sociedad y ahora sólo quiere hacer su trabajo. Este papel es una síntesis de su carrera, un personaje que parece siempre el mismo, pero cada vez más seguro de sí mismo con el correr de las películas: el negro noble, inteligente, amable, asexuado, que responde a las agresiones con dignidad para no convertirse en aquello que lo odia.

Poitier fue la primera superestrella negra, adorada por los blancos liberales. Ganó un Oscar por su protagónico en Lilies of the Field (Los Lilios del Campo, 1963), en la que ayuda a unas monjas refugiadas de Europa del Este a construir una capilla. Sus personajes respondían a cierto patrón de conducta altruista y estoica: Toms modernos, serviciales, que se manejan en el mundo como si supieran que los prejuicios no significan nada, que tener un código de decencia es lo que hace a una persona. Poitier era una figura no amenazante, un ejemplo aspiracional. El liberalismo de Hollywood todavía confiaba más en la buena voluntad que en la lucha por la conquista de derechos. El cine no mostraba lo que eran los afroamericanos, sino lo que debían ser.

Afroamericanos en el Cine: El Discurso del Amo
Sidney Poitier y Tony Curtis, The Defiant Ones, 1957.
Afroamericanos en el Cine: El Discurso del Amo
Sidney Poitier y Tony Curtis, The Defiant Ones, 1957.

La década del ’50 estuvo marcada por la obsesión por los comunistas, por la amenaza nuclear, por las invasiones extraterrestres. Estados Unidos era una nación histérica: una época de sospecha e intolerancia, de repliegue político, endurecimiento de los valores morales y una desconfianza hacia todo cuerpo extraño. El cine racial de No Way Out  y The Well (El Pozo de la Angustia, Leo C. Popkin y Russell Rousell, 1951) quedó en suspenso debido al estado policial que imperaba en Hollywood. La Comisión de Actividades Antiamericanas estaba destinada a eliminar la “infiltración subversiva” en la industria. Muchos directores, guionistas y actores ligados a la izquierda liberal entraron en la lista negra y parte del mainstream se deslizó hacia la ciencia ficción y el patriotismo. A pesar de que Hollywood siempre propagó la idea de ser un simple entretenimiento, todo cine es político. La idea del nazismo de usarlo como propaganda tuvo su remake occidental: el malo tenía línea directa con el Kremlin.

Dentro de la cultura popular, el rock n’ roll abrió las puertas de la integración racial. Ese sonido provocativo, excitante, era casi obsceno para una época en que las pulsiones vivían bajo estado de sitio: los adultos dictaban las normas morales y culturales que los jóvenes aceptaban sin demasiada convicción. El rock n´roll cristalizó sus frustraciones, generó un nuevo estado de ánimo, activó la mecánica del goce. Por fin la vida ofrecía algo más que estudiar para poder trabajar para poder casarse para poder coger.

Los blancos empezaron a tocar como los negros, y esa música plebeya y salvaje se transformó en el inconsciente de una generación. El motín era modesto: el rock n´roll no criticaba el sistema, sino que celebraba la adolescencia. La diversión por sobre la ética del trabajo. Esos jóvenes iban creando su propio mundo, con sus gustos y sus ídolos, en oposición a los valores establecidos por los padres, la religión y la moral. La juventud blanca se liberaba con el ritmo de los esclavos. Cuando las asociaciones cristianas comenzaron a protestar, ya era demasiado tarde: el guetto había invadido los barrios decentes de la clase media.

El cine reflejó las crecientes tensiones sexuales, raciales y generacionales en esa época represiva y neurótica. Rebel Without a Cause (Rebelde sin Causa, Nicholas Ray, 1955), con James Dean y The Blackboard Jungle (Semilla de Maldad, Richard Brooks, 1955) eran más una crítica hacia los adultos y a las instituciones por su incapacidad de conectar con los jóvenes que por explicar la creciente violencia juvenil. Marlon Brando (The Wild One, László Benedek, 1953) y el propio Dean eran los íconos del marginal antisocial que se rebelaba contra el conformismo y el aburrimiento. Blackboard incluso presenta a un estudiante negro (Poitier) como una figura positiva: el líder de la pandilla reconvertido, el más inteligente y talentoso del grupo, que termina aceptando que la educación es el único camino a ser alguien en la vida.

Island of the Sun, (La Isla del Sol, 1957) fue un provocativo -y mediocre- intento de mostrar los obstáculos del amor interracial en un mundo dividido por las convenciones sociales, por códigos simbólicos arraigados en la tradición. Ambientada en una atmósfera de decadencia colonialista de una isla caribeña gobernada por ingleses -ex esclavistas que ya no están cómodos en un país que quiere tomar sus propias decisiones-, Harry Belafonte interpreta a un líder pseudo revolucionario nativo que comienza una relación con la hija de una de las familias poderosas del país.

Una sociedad de apariencias, de sospechas cruzadas, en la que lo racial define la política y la política el amor. En un momento histórico turbulento, en el que el movimiento por los derechos civiles progresaba -en 1956 la Corte Suprema había decretado el fin de la segregación en espacios públicos, colectivos, restoranes y escuelas- y muchos países de Asia y África estaban en pleno proceso de descolonización, Belafonte es un rockstar plebeyo, en la frontera entre el ego y la conciencia social, un dirigente con carisma que trabaja de “ser conocido por todos” y asiste a los cockteles de una aristocracia blanca que no se resigna a dejar el poder.

El actor recordará en el documental Black Hollywood: They Gotta Have Us: “Decidimos que nuestra tarea no era sólo hacer bien nuestro trabajo, sino no perpetuar los estereotipos que había usado el cine, tan efectivos y desastrosos sobre la definición de quién y qué era ser negro”. La película muestra el choque entre dos culturas reacias a mezclarse, una anclada en la superioridad racial y la pureza de la sangre, otra en la memoria reciente de la opresión. Pero también jugaba con los límites de lo que el código Hays permitía mostrar en el cine mainstream: un negro no podía besar a una blanca, pero un blanco sí podía besar a una negra. Island era puro Hollywood, con grandes paisajes en Cinemascope, exotismo, melodrama y escenas sugerentes para esquivar la censura. Fue un gran éxito de taquilla, convirtiéndose en la sexta película más vista de 1957, aunque fue prohibida en la mayor parte del sur profundo.

Diez años después las cosas no habían cambiado mucho en el mainstream. En Guess Who’s Come to Dinner (Adivina Quién Viene a Cenar, Stanley Kramer, 1967) el beso entre Sidney Poitier y Katherine Houghton se muestra a través del espejo retrovisor del taxi en el que viajan. Poitier es el sueño húmedo de cualquier matrimonio de la época: un médico que da conferencias en todo el mundo, trabaja para la ONU y viaja a África a capacitar profesionales para que curen a su gente. No quiere cambiar el mundo, sino hacerlo un poco más soportable. El problema es su color de piel. Si Island of the Sun mostraba el dilema cultural y social que implicaba el mestizaje, Guess… pone en escena el choque generacional, de una juventud que ya ve más allá de la raza y una familia muy progre y muy liberal que considera el racismo una deformación psíquica, hasta que su hija se quiere casar con un hombre negro.

Pero una película anterior de Kramer quizás sea la que mejor simboliza las tensiones raciales de la época: The Defiant Ones (Fugitivos, 1958). Noah (Poitier) es puro resentimiento. Joker Jackson (Tony Curtis) es pura arrogancia blanca. Cada uno es para el otro una versión condensada de todo lo que funciona mal en la sociedad. Intentan matarse a golpes, pero se dan cuenta que eso significaría la propia muerte: son dos reos que están encadenados, escapando de la policía y de unos campesinos que quieren lincharlos después de que trataron de robar comida. Cuando Jackson puede escapar con la mujer que los ayudó a liberarse, elige sacrificarse para salvar a Noah, que ha ganado su respeto, su amistad. The Defiant Ones es una odisea de supervivencia, con un mensaje poco sutil sobre la necesidad de colaboración, pero que reflejaba las aspiraciones del progresismo de la época en un país segregado, sumergido en la violencia. 

Para el cine indie no regía la censura que los estudios de Hollywood habían permitido para sus producciones. Shadows (John Cassavetes, 1959) es pura Nueva York, una película en la que la ciudad alcanza estatus de iconografía cinematográfica que después expandirían directores como Martin Scorsese y Woody Allen. Una geografía casi expresionista, llena de sombras y contrastes, que marcan la ambigüedad existencial de la generación beat. Shadows pone en escena el ambiente under del jazz, que ya había naturalizado las relaciones interraciales, pero que todavía estaba marcado por el resentimiento o la sospecha. 

Ben (Ben Carruthers) es un joven trompetista afroamericano, que se pasa las noches en bares tratando de convencer a chicas blancas de los beneficios terapéuticos de acostarse con él. Un sexo reivindicativo y vacío. Su hermana de piel clara es Leila (Lelia Goldoni). Ella se enamora de un artista y psuedo intelectual blanco, que cuando conoce a Ben y a su otro hermano, Hugh, descubre que Leila es negra. Hay un juego de dudas, de culpa y de tensión que muestran los prejuicios que aún existían inclusive en la bohemia de la época.

Pero la película explícita sobre la tragic mulatta es Imitation of Life (Imitación de la Vida, Douglas Sirk, 1958). Sirk fue el director de los melodramas empalagosos con muchos violines de fondo, pero que tocaba subtemas sórdidos, de una manera brutal. Imitation tiene escenas de machismo y racismo explícitos, que aun hoy provocan impacto. Annie Johnson (Juanita Moore) es una mummy que da lástima de tan buena: una santa terrenal. Tiene una hija blanca (Susan Kohner), que odia que su madre sea negra. Sarah Jane sabe que está en un intersticio racial, que está destinada a casarse con algún colectivero o repartidor de color, pero que puede aspirar a lo que aspira cualquier chica blanca si reniega de lo que realmente es. Annie es comprensiva, porque sabe lo que es crecer como negra:”¿Cómo le explico a una niña que nació para sufrir?” Sara Jane se escapa para hacer carrera como bailarina de cabaret. En ese ambiente nadie le pregunta otra vez: It’s your mother a nigger?

La historia del cine puede leerse como la historia política y cultural de un país. Del negro ideal – sumiso y obediente, el idiota inofensivo -, hasta el que había que vigilar y castigar por su sexualidad desbocada, con mayor o menor sensibilidad las películas reflejaron una gradual apertura al reconocimiento de los conflictos raciales en un país dividido entre el odio y las buenas intenciones. Hasta la década del ’70, la imagen de los afroamericanos estuvo condicionada por la mirada blanca de la cultura dominante. A partir de allí, la revolución: el movimiento blaxploitation subvirtió las reglas del consumo audiovisual para una comunidad que vio nacer nacer el Black Cinema: un cine hecho, interpretado y dirigido a una audiencia afroamericana. La blaxploitation fue una moda comercial, poco sofisticada, pero puso las bases para un cine contemporáneo diverso, muchas veces emocionante, más exacto con su identidad dinámica, pero sobre todo, mostrado a través de sus propios ojos. 

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