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Crítica Made in Italy: La Pérdida como Postal

Crítica made in italy
Crítica Made in Italy | Una Villa en la Toscana es conmovedora por los motivos equivocados, que tienen menos que ver con sus méritos cinematográficos que con la intriga y el morbo que genera ver a un padre y a un hijo en la vida real exorcizar su pasado trágico en pantalla.
2/5

Crítica Made in Italy (2020) de James D’arcy con Liam Nesson

Made in Italy (Una Villa en la Toscana) es conmovedora por los motivos equivocados, que tienen menos que ver con sus méritos cinematográficos que con la intriga y el morbo que genera ver a un padre y a un hijo en la vida real exorcizar su pasado trágico en pantalla (la esposa de Liam Neeson, Natasha Richardson -la madre de Micheál, coprotagonista de la película-, falleció en 2009 en un accidente de esquí).

Made in Italy gira en torno a la incapacidad de comunicación entre Robert (Nesson) y Jack (Richardson) después de 15 años de la muerte de la esposa/madre, que dejaron una relación rota hecha de simulaciones y silencios sobre lo sucedido.

Luego de transformarse en un ícono contemporáneo de la superacción, se puede ver a un Neeson enorme aceptar su naturaleza de actor dramático intentando aprovechar cada espacio de la dimensión catártica de su personaje. Robert es un pintor que ha perdido su mojo, una personalidad dañada a la que Neeson le inyecta un encanto profundamente distante y torturado. Un exponente de la masculinidad vintage, incapaz de expresar sus emociones, de atravesar el dolor por la pérdida de su esposa y que ha imposibilitado durante mucho tiempo a su hijo de tener un duelo adecuado. 

Jack es un expositor de arte que se encuentra en medio de un divorcio que amenaza con quitarle la galería donde ama trabajar, que pertenece a su familia política. Por eso planea comprarla, pero antes necesita que Robert acepte vender la casa en la Toscana que pertenecía a su madre. Un lugar lleno de recuerdos más felices de una vida anterior, un museo de la memoria que tras años de abandono se convirtió en una ruina pintoresca en ese paraíso rústico en el centro de Italia, decorada con un sórdido mural estilo Pollock que Robert pintó al calor de su angustia.

El arreglo de la casa sirve como una metáfora demasiado evidente de la reconstrucción de la relación entre padre e hijo. Pero en su primera película como director, el actor James D’arcy (Avengers: Endgame, Dunkerque) se revela como un experto artesano de lo previsible, llevando el relato a un nuevo nivel de obviedad al forzar un romance entre Jack y la encantadora lugareña Natalia (Valeria Bilello) -dueña del encantador restaurant del pueblo-, que lo hará enfrentarse con los fantasmas de su pasado. 

D’arcy nunca pierde la mirada de un turista de paso que no logra conectar con el lugar y sus habitantes, transformados en accesorios naturales de un minimalismo bucólico idealizado en el que se come tallarines con racú, se bebe vino local y se miran viejas películas italianas en la plaza principal. Pero también es un turista en una historia que no es la suya, y parece tomar una distancia segura de la trama, en la que está todo tan calculado que es incapaz de usar de manera convincente lo que tiene frente a la cámara: emociones genuinas de los hechos de la vida real interpretados en una ficción.

Liam Neeson (La Lista de Schindler, The Batman Begins, Agente Secreto), sostiene la película como un artista hastiado y un padre en busca de redención que se reencuentra con sus recuerdos y con su paternidad. La actuación de Richardson como hijo resentido se siente forzada en situaciones cómicas sin gracia pero parece cobrar vida en los escasos momentos en los que el guion toca el núcleo de dolor de la historia. Con un escenario natural perfecto y un guion perfectamente mediocre, Made in Italy de D’Arcy hace una retrato de la pérdida en la que no sucede nada verdadero, encontrando una forma de domesticar la tragedia para convertirla en una postal.

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