REVIEW

Crítica de Shirley

Shirley

Shirley: Civilización y Barbarie

Crítica de Shirley

Civilización y Barbarie

3.5/5

POR SEBASTIÁN VALLE

Shirley: Civilización y Barbarien pueblo entero apedrea a una mujer hasta la muerte, con sus propios hijos formando parte de la masa: el final de The Lotery, el cuento que hizo famosa a Shirley Jackson cuando se publicó en el New Yorker en 1948, estremeció a millones de lectores por el realismo sucio que mostraba cómo la pulsión de muerte habitaba bajo la idílica superficie de civilización de la América profunda. Esa misma turbación es la que experimenta Rose (Odessa Young) cuando lee el brutal desenlace de la historia, pero con una diferencia: ella termina con la enagua mojada, llevando a su marido al baño del tren en el que viajan para un round caliente de sexo ambulante.

Esa erótica de la barbarie -mezcla de atracción sexual, fascinación y rechazo-, es la que hace que Rose quede ligada a Shirley (Elizabeth Moss), una atormentada escritora que la provoca y la humilla, pero de la que no puede -no quiere- escapar. 

La lucha entre la apariencia de las cosas y su verdad latente es la que la directora Josephine Decker pone en escena en Shirley, que es menos una película sobre la vida de Jackson que el retrato físico y psicológico de la escritora, en el que la esencia pervertida de la realidad se manifiesta en el mundo cotidiano hasta desnaturalizarlo por completo: el equivalente cinematográfico a su literatura. 

Rose y Fred (Logan Lerman) son la típica pareja de jóvenes ambiciosos y llenos de sueños -la imagen ingenua de las promesas del país-, que viajan a Vermont donde los espera su extrovertido anfitrión Hyman (Michael Stuhlbarg), el esposo de Shirley, el profesor titular de la universidad que tomó a Fred como su asistente y les ha ofrecido alojamiento en su casa hasta que puedan instalarse en el pueblo. 

El contraste entre los dos matrimonios es evidente, como si uno fuera el espejo deformante del otro: Shirley y Hyman parecen odiarse y admirarse al mismo tiempo, como si solo estuvieran unidos por la excentricidad y la arrogancia, que los hace extender su teatro de la crueldad privado -lleno de manipulación y violencia psicológica- a la pareja invitada hasta convertirlos en versiones más jóvenes de ellos mismos. 

Pronto las expectativas de Rose de participar en las clases como oyente en las clases de Hyman quedan reducidas a un papel menos ambicioso, planeado por su anfitrión: el de encargarse del hogar, mientras los dos hombres pasan largos días en el campus de la universidad. Rose se convierte en una empleada doméstica que trata de hacer más habitable ese lugar que más que una casa es un templo gótico y bohemio en el que Shirley hiberna como un agente del caos mientras intenta salir de su bloqueo de escritora, porque “una casa limpia es sinónimo de inferioridad intelectual”. 

La dos actrices están enormes en ese juego sadomasoquista en el que chocan la personalidad visceral de Shirley con la sumisión de Rose. Moss supura arrogancia, fobias y manías y Young trabaja la inocencia de su personaje para revelar algo más profundo, como si pudiera ver que más allá de la rabia, angustia y genialidad de la autora están unidas por una especie de sororidad que se manifiesta en la literatura y en la vida de Jackson: cómo las mujeres deben convivir con sus fantasmas cuando son marginalizadas por no responder a los patrones de feminidad que impone una sociedad que las oprime. 

Shirley no es una biopic, es un estado mental. Decker desestabiliza la imagen en la que cada encuadre revela una lucha permanente entre forma y fondo, con la cámara en movimiento muy cerca de los personajes, planos sin profundidad y un campo desenfocado que parece querer absorber toda la imagen desde atrás. La directora hace un soberbio y casi experimental trabajo que por momentos parece un mal viaje de LSD, pero que dibuja perfectamente la cartografía psicológica de su protagonista.