REVIEW

Crítica Nunca Volverá a Nevar (2020)

Nunca Volverá a Nevar

Crítica Nunca Volverá a Nevar

Crítica Nunca Volverá a Nevar

Extraños en el Paraíso

Dirección y Guion: Malgorzata Szumowska, Michal Englert  Fotografía: Michal Englert  Música: Aaron Dessner, Bryce Dessner  País: Polonia / Alemania  Año: 2020  Duración: 116 min.  Con Alec Utgoff, Agata Kulesza, Maja Ostaszewska, Weronika Rosati, Katarzyna Figura, Jaroslaw Milner, Andrzej Chyra, Krzysztof Czeczot, Lukasz Simlat.

EN CINES

3/5

Nunca Volverá a Nevar: Extraños en el Paraísoi Zhenia (Alec Utgoff) es un exiliado ucraniano en Polonia, sus clientes son exiliados polacos en su propio país: el barrio cerrado de los ricos es un escenario uniforme y separado del mundo que funciona como un mapa emocional de sus habitantes: seres tristes que encuentran en los poderes curativos del extranjero una tregua a sus dolores físicos y psicológicos. Nunca Volverá a Nevar es una fábula onírica sobre la alienación de la cultura postmoderna y la posibilidad de autodescubrirse en el Otro, personificado en una especie de ángel benévolo criado en los escombros de Chérnobil.

Utgoff (Strangers Things) le inyecta a su personaje un aura perfecto de amabilidad y condescendencia para transformarse en una naturaleza que se mueve entre lo etéreo y lo terrenal, dispuesta a hacer de la realidad de sus clientes una zona menos angustiante. Zhenia es un masajista con una rutina: el mismo barrio residencial, los mismos clientes y sus mismas ansiedades. Su itinerario profesional es un recorrido por distintos traumas, frivolidades, duelos y luchas personales. “Me voy a llevar tu miseria, tu sufrimiento, tu enfermedad. Como una corriente negra que fluye de tus pies, a través de tu cuerpo y de tu cabeza, a mis manos”.  

La directora Malgorzata Szumowska hace de Zhenia una ser mágico y secular: puede tener cualidades cósmicas, pero también es hincha del Shaktar Donetsk y no se intimida ante una noche de vodka con el portero del lugar. No explica sus poderes curativos, pero inscribe al pesonaje en determinados espacios alejados de la seguridad de la clase privilegiada: en los bosques, en la zona cercana a Chérnobil donde nació, en los complejos habitacionales comunistas de los suburbios donde vive (¿acaso Dios no era un okupa de esos mismos edificios en la obra maestra del cine polaco Decálogo (1989-1990) de Krzysztof Kieslowski?)

Crítica Nunca Volverá a Nevar
Alec Utgoff como Zhenia.
Crítica Nunca Volverá a Nevar
Alec Utgoff como Zhenia.

Nunca Volverá a Nevar anula la tensión entre lo místico y lo obsceno, entre lo sobrenatural y la banalidad, entre la sustancia y la materia. Zhenia puede sonar a veces como un curandero, mirar lleno de libido a la mujer de un enfermo de cáncer, jugar con la soledad de las mujeres mientras sus maridos trabajan, a la vez que es capaz de llevar a sus clientes al momento de calma y felicidad que tanto necesitan. ¿Sus poderes son producto de alguna voluntad divina o el resultado de haber estado expuesto a la radioactividad? La película no da respuestas, sino que simplemente parece celebrar la extrañeza de la bondad en medio del cinismo colectivo.

Si Zhenia está definido por su condición de freak en ese ecosistema cerrado del barrio residencial, el mundo de los ricos tampoco está estereotipado, y en el que pueden convivir la enfermedad terminal y la búsqueda de mantener un cuerpo joven, el duelo y las adicciones, el aburrimiento y los traumas de la guerra.  

Zhenia hace su rutina con un dolor callado, afectado por su trabajo -que lo emparenta con los ángeles de El Cielo Sobre Berlín (Win Wenders, 1987)-, y por no haber podido salvar a su madre de la muerte -un suceso mostrado a través de flashbacks que homenajean a Stalker (Andrei Tarkowski, 1979), otra película que cruza el deseo y la materialidad de la existencia, los poderes sobrenaturales y el inconsciente-. Es un alma solitaria en busca de alguna clase de redención.  

Nunca Volverá a Nevar es una película críptica y bella -sostenida por la genial fotografía de Michal Englert, que le da una textura suave y una atmósfera gris y psicodélica a todo el film-, surrealista y terrenal, irónica y dolorosa, que roza la superficie de sus temas -la diferencia de clases, la vida privatizada de los ricos, el cambio climático- sin mancharse con ninguno, y parece conformarse con su propia puesta en escena en lugar de buscar la tensión dramática, lo que da como resultado un desfile opaco de distintos síntomas contemporáneos, la ambigüedad de una  alegoría inclasificable, como su protagonista. 

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